Memoria subjetiva
El mundo externo no es más que un reflejo del mundo interno. Somos víctimas de lo subjetivo y lo trascendente ¿Qué hacemos cuando sabemos que tarde o temprano todo se nos va a escapar?
Más de una vez me dijeron que la vida no es eso que ocurre adentro de mi cabeza, que tengo que salir de ahí, que el mundo real es otra cosa. Siempre me opuse a esta noción con vehemencia, dispuesta a morir con la convicción de que en realidad lo más importante es el filtro mental por el que pasa todo lo que nos rodea. Habitamos la subjetividad, la imparcialidad es un concepto ajeno que debemos ejercitar una y otra vez y que, aun así, nunca deja de ser un reto.
Yo siento, yo creo, yo pienso. Hay hechos y hay experiencias, y poder ver los hechos separándolos de mi experiencia propia es algo que aún no he aprendido a hacer. De la misma manera cuando un otro expresa algo, lo que sea, únicamente puedo entenderlo desde su subjetividad, desde su óptica personal. Ni vos ni yo expresamos hechos, ni vos ni yo somos hechos.
Como seres subjetivos somos mutables, líquidos, volátiles, atravesados por el paso del tiempo que no hace más que acentuar esta naturaleza. Y debo decir que en treinta años no he hecho más que mutar y habitar en la incertidumbre de la dualidad, en los grises, en el no sé.
Con treinta años he terminado una carrera universitaria y un máster, me he mudado a una isla de clima hostil en otro continente, he comido carne cruda y moluscos, pero no he aprendido a andar en bicicleta ni he sostenido un bebé en brazos. La vida es muy extraña, variopinta y, sobre todo, no lineal. Me encantaría poder decir que cada decisión que he tomado en mi vida ha sido calculada, que he evaluado, analizado y consultado, pero sería mentira. Generalmente el proceso es el siguiente: nace en mí una idea chiquita, casi imperceptible, por el momento intrascendente. Tiene el mismo peso que elegir qué marca de manteca comprar en el supermercado, es irrelevante. Hasta que un día ya no lo es y medio en broma apliqué a una beca (y me la dieron), o a una visa (que también me dieron).
Con treinta años viví mil vidas, según me dijo una vez alguien que vive siendo víctima del mismo tipo de impulsos. Y seguramente viva mil más para mi cumpleaños sesenta.
Pero el quid de la cuestión y lo que me llevó a esta reflexión, a este balance, es otro: que durante veintinueve años pensé que no iba a llegar a los treinta con vida. No recuerdo si alguna vez lo compartí con alguien más, si lo mencioné, si hice algún tipo de alusión a esta noción, pero durante veintinueve años esa fue mi verdad: que me moría antes de los treinta. Por algún motivo, jamás se me ocurrió pensar más allá de esa edad, sentía que no estaba en mi destino vivir tantos años. Treinta me parecía una eternidad y, ahora que ya llegué, me doy cuenta de que es solo un parpadeo.
Con frecuencia se me dispara la mente a una especie de línea temporal de mi vida. Hay meses enteros que no recuerdo y también situaciones que tengo grabadas a fuego en mi cabeza y que puedo reproducir una y otra vez en loop como si de un video se tratara. Hay personas, voces, aromas, que habitan en mi inconsciente y de los que no me puedo deshacer.
“¿Te acordas cuando…?” pregunto constantemente, porque yo sí me acuerdo. Pero no recuerdo hechos, no recuerdo objetividades, recuerdo todo desde mi subjetividad y desde mi óptica manchada por la parcialidad. Guardo con gran orgullo aquello que puedo y lleno mi casa de objetos que remitan a otros momentos y a otras vidas por si mi mente y mis bitácoras me fallan.
El tiempo olvidado me causa terror. Las páginas en blanco, los meses y años borrados y la certeza de que nunca los voy a recuperar. De que ya no son míos y si lo que me es propio ya no me pertenece entonces no es de nadie, no está en ningún lado. Se me escapó y ya está, no puedo pegar afiches por la ciudad con la esperanza de que alguien lo encuentre y me lo devuelva.
“Se busca recuerdo de contenido indefinido, puede o no incluir a otras personas, puede o no haber ocurrido en Junio de 2022. En caso de encontrarse por favor contactar al +353 XXXXXXX”
Me encuentro duelando constantemente las memorias perdidas, el tiempo borroso, los períodos de silencio abismal. Lloro con frecuencia por aquello que ya no tengo y que tampoco sé bien qué es. Temo por aquello que aún tengo pero que puede perderse en esa misma nebulosa adonde fueron a parar los recuerdos que se escaparon. Lo que más me duele es a posteriori saber por qué se perdieron, qué fue lo que evitó que se grabaran correctamente, que se anclaran al alma y a la mente. Pero lejos de ayudar esto aumenta mi miedo a experimentar una nueva pérdida.
A pesar de mis mayores esfuerzos aún me confundo, dudo, se me escapan cosas. Ese es mi peor miedo: el olvido. No necesariamente a que me olviden, no tengo intenciones de vivir por siempre, la inmortalidad se asemeja más a un castigo que a una bendición, al menos a mis ojos. A lo que le tengo miedo es a olvidarme de mí, de los demás, de lo que he tenido la suerte de vivir; a que la línea temporal se desacomode, a que los detalles se desdibujen.
Escribo para no olvidar.
