Natura Mortis
Ficción I
Comenzó imperceptiblemente, al más lento de los ritmos. Comenzó subconscientemente, oculto a plena vista. Y una vez que comenzó ya no hubo ninguna posibilidad de retorno. El camino que conducía allí desapareció luego de cada paso, borrando toda marca que permitiera volver a seguirlo a la inversa. Pero esto estaba bien, porque era un camino que debía ser recorrido en soledad, un camino silencioso, un camino secreto.
Había escuchado sobre otros casos, similares entre sí pero nunca idénticos. Pero nunca pensó que recibiría el llamado. No estaba segura de si era una maldición o una bendición, lo único que sabía con certeza era que una vez que recibió el llamado, seguirlo se volvió inevitable.
Primero, una voz en el fondo de su cabeza la llamó a la soledad. Y obedeció, confinándose en su departamento. Escuchaba música, leía, dibujaba, y se mantenía levemente conectada con el mundo exterior solo a través de internet, donde cumplía exclusivamente un rol de espectadora. Comenzó a inventar excusas cada vez que alguien quería verla. Dolores menstruales, una gripe, alergias, migrañas, intoxicación. Excusas lo suficientemente buenas como para que la dejaran en paz pero sin ser demasiado serias como para ocasionar algún tipo de preocupación.
Segundo, vino el silencio. Gradualmente comenzó a apreciar la ausencia de sonidos lo suficientemente como para eliminar cualquier cosa que perturbara el vacío. Lo primero en irse fue la música, seguido por cualquier forma de video o mensajes de audio. Luego, sonidos más pequeños comenzaron a irritarla. Las telas rozándose, el sonido de una taza siendo apoyada sobre la mesa, los interruptores encendiendo o apagando las luces, el correr del agua. Comenzó a usar auriculares con cancelación de sonido en todo momento y, cuando dejó de ser suficiente, se quemó los tímpanos con cera de vela. Recordaba ser muy joven cuando su madre le había limpiado los oídos con una vela y el enojo de su padre al enterarse de que la había puesto en semejante riesgo. La premisa era lo suficientemente simple como para ser infalible, pero para asegurar el resultado encendió la vela y la colocó de forma horizontal sobre su oído para que la cera caliente cayera directamente en el orificio. Sintió dolor pero evitó gritar, porque le pareció más tolerable el dolor punzante de las quemaduras que el sonido de sus propios gritos.
Una vez que el silencio fue total, los olores comenzaron a hacerse intolerables. Las velas aromáticas que tanto le gustaba encender, los perfumes que tanto atesoraba y los aromatizantes que caracterizaban sus espacios fueron los primeros en irse. El detergente, el shampoo y el jabón para la ropa fueron eliminados no mucho después, luego de que los olores comenzaran a perforarle las fosas nasales hasta el punto de hacerle sangrar la nariz. Sentía tal sensación abrumadora en toda la cabeza y los ojos le lagrimeaban cada vez que algún aroma se colaba dentro de sus espacios. El perfume de algún vecino, los productos de limpieza que usaban en el palier, el olor a comida recién hecha en otro departamento.
La comida excesivamente condimentada comenzó a darle náuseas por lo que, incapaz de anular su sentido del gusto, se atuvo a los sabores más básicos, con una dieta a base de papas hervidas y arroz blanco. En algún momento y sin darse cuenta, la poca comida que estaba ingiriendo se volvió demasiado intensa: su sabor perduraba en su boca por horas. Ya no podía lavarse los dientes porque la pasta dental hacía que su boca quemara somo si la estuviera flambeando. La menta le hacía arder la lengua y el interior de los cachetes, le irritaba las encías al punto de hacerlas sangrar incesantemente y le hacía llorar los ojos por horas. La textura de los alimentos se tornó agobiante. Demasiado crujiente, demasiado suave, demasiado pegajoso. De un día para el otro, dejó de tolerarlo todo salvo el agua tibia.
Estuvo en paz durante un tiempo, logrando evitar las sensaciones demasiado fuertes que pudieran abrumar sus agudizados sentidos, hasta que el tacto se volvió insoportable. La mayoría de las telas le picaban, las paredes tenían marcas, su cama era demasiado blanda y el suelo era demasiado rígido. Siempre hacía demasiado frío o demasiado calor, y el roce de cualquier superficie extraña le provocaba piel de gallina.
Con el cambio de su dieta, comenzó a encogerse. Ya no podía usar la poca ropa cuya textura aún toleraba porque inevitablemente todo se le caía. Sus huesos amenazaban con agujerearle la piel, con abrirla de adentro hacia afuera como una hernia. Pero tenía demasiado frío como para estar desnuda, por lo que se hizo un precario vestido con una vieja cortina, hilvanando con desprolijidad con la esperanza de que las costuras no se deshicieran al primer uso. Las medidas no importaban porque el objetivo no era vestirla sino protegerla del mundo exterior, ser su escudo, ser un velo que la separara de todo aquello que la lastimaba. Con el tiempo, ese vestido se volvió tan parte de ella como sus largos cabellos, que ya no recordaba haber cortado por última vez, y sus uñas, tan largas como para hacer de cada mínima tarea una odisea.
Lo último en irse fue su sentido de la vista. Hasta el mínimo rayo de luz le perforaba las córneas y la hacía llorar. El dolor se extendía por toda su cabeza como si le hubieran insertado un picahielos en el entrecejo y no había forma de hacerlo parar. Intentó cerrar los ojos pero no fue suficiente, así que con los restos de la cortina que había usado para su vestido armó una venda para sus ojos. Pareció ser suficiente al principio pero con el correr de los días tuvo que comenzar a agregarle capas. Colocó una venda sobre la otra hasta que el peso de las telas se volvió molesto. Lloraba por horas sentada en un rincón de la cocina, hasta que la congoja le impedía respirar correctamente, ignorando lo fuertes que eran sus gritos de desesperación. En un momento de crisis luego de haber pasado días acurrucada en el suelo sin dormir, se le ocurrió que la única solución sería enceguecerse, por lo que juntó coraje y, presionando con la ayuda de una cuchara, se arrancó los globos oculares. El dolor era insoportable pero no superior al daño que le causaba la luz, por lo que una vez pasado el shock pudo finalmente estar en paz.
Se sentaba en el suelo a beber agua y sentir el paso del tiempo. Al principio, siguiendo su monólogo interno o imaginando canciones que ya no podía escuchar. Pero con el tiempo dejó de pensar. Su mente estaba en blanco, en un estado meditativo constante, ignorante de toda necesidad fisiológica, carente de ideas, en un silencio que otros quizás considerarían abrumador.
Hasta que un día volvió a escuchar la Voz y supo lo que tenía que hacer. En el medio de la noche, caminó a tientas hasta lograr salir del edificio y cruzó la ciudad hasta el parque más cercano. No le costó orientarse porque tenía a la Voz como guía. Se acostó a los pies de un ombú, hecha una bolita, encogida, no mucho más grande que un perro mediano. Entredormida comenzó a sentir cómo las raíces la abrazaban y se sintió en casa. Era lo que, sin saberlo, había estado necesitando todo ese tiempo. Sintió la seguridad de las ramas ciñéndose sobre ella y la comodidad del suelo húmedo cubierto de rocío y, así, se dejó llevar por un descanso sin sueños.
Volvió a la tierra, como la Voz mandaba.
